domingo, 12 de diciembre de 2010

Volver a lo básico..

¿Alguna vez has escuchado decir  a alguien que siente  envidia de la buena  por ti? La realidad es que, cuando analizas la envidia, aunque sea de la buena, su raíz está en  los sentimientos camuflados de admiración, odio o frustración, producto del adiestramiento y del condicionamiento inconsciente de estar comparándote con los demás.Desde pequeños nos enseñan a compararnos con los otros, nos adiestran en  el que dirán y en buscar la aprobación de los demás.  Así vamos pasando de ser niños alegres, felices y espontáneos que con todo disfrutábamos, y nos vamos convirtiendo en ancianos deteriorados, fríos, calculadores, amargados,  tristes y rígidos, ya que la gran mayoría del tiempo  depositamos nuestra tranquilidad en lo que suceda en el exterior.El problema radica en que cuando tú te comparas con los demás, (ya sea por poder, prestigio, dinero,  reconocimiento, apariencia física, etc.) caes en las garras de la miserable envidia  que te consume la paz Interior.  Realmente la envidia, aunque tú no lo creas, nace del simple hecho inconsciente de compararte con algo o alguien. Si quieres realmente dejar de sufrir por tonterías, deja de una vez por todas el hábito nocivo de compararte y te sorprenderá ver, como inmediatamente la envidia desaparecerá. Si miras bien, tú nunca te comparas con las estrellas, ni con los animales, ni con la naturaleza, solamente lo haces con otros seres humanos, ya que así fue como te programaron, y esta comparación siempre estará basada en el tener y en el ser mejor.A veces por estar sumidos en la comparación, se nos olvida apreciar las cosas, por lo que vemos más verde y bello el pasto del vecino,  nuestros pequeños problemas los magnificamos y nos ponemos en el papel de víctimas, sin apreciar todo lo lindo que sucede a nuestro alrededor.

                                                                                                                                              Jaime Jaramillo..




La misión de cada ser humano..

Cada ser humano tiene una misión distinta, todos tenemos un Plan Divino que nos hemos comprometido a cumplir antes de encarnar, y encarnamos, justamente, por esas promesas que hemos hecho en los planos internos. Cuando llegamos a este mundo se nos da el libre albedrío y como no recordamos conscientemente nuestras promesas, empezamos a realizar acciones que están opuestas a lo prometido, por ejemplo dejarnos llevar por los apegos, el materialismo y las cosas que no tienen fondo ni validez, en este mundo, y lo único que hacen es corroer y aislar el espíritu divino de Dios de nuestro cuerpo, nace la envidia, el rencor, la ambición, el ego, la soberbia, la intolerancia y demás.
Nuestro plan final, es traer la realización del cielo en la tierra, es decir, hacer el trabajo de Dios. Recordemos que Dios es Espíritu (energía), y el Espíritu no puede hacer nada físico, por ello Dios se individualizo en tantos seres como humanos han existido y así puede ir realizando el Plan, pero sin quitarnos nuestra libertad, bajo ningún aspecto. A el no le interesa el tiempo, pues todos sabemos que siempre ha estado, siempre está y siempre estará en nosotros.

Desiderata
http://www.youtube.com/watch?v=LCV04mdzRtM

El Angel de los niños
http://www.youtube.com/watch?v=gO1RcD4iPf0